
He decidido llamar “influenciados para desinformar” a aquellas personas que, sin formación científica, sin investigaciones ni razonamiento crítico, realizan especulaciones o niegan evidencias científicas basándose únicamente en opiniones personales. Estas opiniones, muchas veces guiadas por emociones o experiencias individuales y cambiantes, han contribuido a desacreditar la ciencia.
Como consecuencia, cientos de personas entre ellas adolescentes y jóvenes comienzan a cuestionar la ciencia sin analizarla ni comprenderla, ignorando que esta se construye a partir de años de investigación rigurosa, estudios verificables y evidencias que han aportado grandes beneficios a la humanidad.
Una de las mentiras más difundidas en la actualidad está relacionada con las vacunas. Muchas personas niegan su eficacia en el control y prevención de enfermedades, y las presentan erróneamente como causantes de afecciones aún más graves en quienes las reciben. Incluso se han formado grupos antivacunas que promueven activamente el rechazo a la vacunación, a pesar de que existen cientos de evidencias científicas que respaldan su seguridad y efectividad.
Estas evidencias se sustentan en décadas de investigación. Un ejemplo histórico es la viruela, una enfermedad que causó millones de muertes durante siglos. A finales del siglo XVIII, el científico Edward Jenner observó que las personas expuestas a la viruela bovina desarrollaban protección frente a la viruela humana, lo que dio origen a la primera vacuna. Gracias a la vacunación masiva, la viruela fue erradicada oficialmente en 1980, salvando la vida de millones de personas en todo el mundo, aun cuando en su momento también existió oposición a esta práctica.
El movimiento antivacunas ha encontrado nuevas formas de difundirse. A finales del siglo XX, específicamente en 1998, el médico británico Andrew Wakefield, junto con otros doce coautores, publicó un artículo en la prestigiosa revista médica The Lancet en el que sugería una posible relación entre la vacuna triple viral SRP (sarampión, rubéola y parotiditis) y el desarrollo del autismo en niños. Sí, fue un médico y especialista quien realizó esta publicación, lo que generó un gran impacto y preocupación social.
Sin embargo, el estudio presentaba graves deficiencias científicas: se basó en una muestra extremadamente reducida de solo 12 niños, carecía de grupo de control y mostraba serios fallos metodológicos. Con el paso de los años, múltiples investigaciones independientes, realizadas con miles de niños y utilizando diseños científicos rigurosos, demostraron de forma concluyente que no existe ninguna relación causal entre las vacunas y el autismo. Esto incrementó aún más las dudas sobre la validez del estudio original, a pesar de que su autor fuera médico.
Posteriormente, se descubrió que el trabajo de Wakefield presentaba importantes conflictos de intereses, que los datos habían sido manipulados y existían sesgos intencionales. Además, se comprobó que varios de los niños incluidos en el estudio provenían de familias con posturas antivacunas y que al menos uno de ellos había sido diagnosticado con autismo antes de recibir la vacuna.
Como consecuencia, en el año 2010, The Lancet retiró oficialmente el artículo y el Consejo Médico General del Reino Unido (GMC) revocó la licencia médica de Andrew Wakefield por conducta poco ética y graves faltas a la honestidad científica. A pesar de haber sido completamente desacreditado, este estudio continúa siendo utilizado por sectores del movimiento antivacunas como argumento, convirtiéndose en uno de los ejemplos más claros de cómo una publicación científica fraudulenta puede alimentar la desinformación y generar consecuencias negativas duraderas en la salud pública.
Lejos de tratarse de casos aislados, la historia de las vacunas está llena de ejemplos que demuestran cómo la ciencia ha logrado comprender enfermedades que durante siglos causaron sufrimiento y muerte. Estas enfermedades no desaparecieron por casualidad ni por cambios naturales, sino gracias al estudio sistemático de sus causas y a la aplicación de vacunas basadas en evidencia.
El sarampión, por ejemplo, es una enfermedad viral altamente contagiosa que se transmite por el aire y que, antes de la vacunación, provocaba epidemias frecuentes, especialmente en la población infantil. Al ingresar al organismo, el virus afecta las vías respiratorias y se disemina rápidamente, pudiendo causar complicaciones graves como neumonía, ceguera o inflamación del cerebro. Fue gracias a los trabajos de científicos como John Enders, quien logró aislar el virus, que se desarrolló una vacuna segura y eficaz, cuya aplicación redujo de manera drástica los casos y las muertes asociadas a esta enfermedad.
Otro caso emblemático es la poliomielitis, una enfermedad viral que se transmite a través de agua o alimentos contaminados. Aunque muchos infectados no presentaban síntomas graves, en algunos casos el virus atacaba el sistema nervioso, causando parálisis permanente o incluso la muerte. Durante el siglo XX, epidemias de polio dejaron a miles de niños con secuelas físicas. La vacuna desarrollada por Jonas Salk y posteriormente mejorada por Albert Sabin permitió controlar la enfermedad a nivel mundial, demostrando mediante ensayos clínicos masivos que la vacunación era segura y eficaz.
Enfermedades bacterianas como la difteria y el tétanos también representaron una amenaza constante. La difteria afectaba principalmente la garganta y producía una toxina capaz de provocar asfixia y daños cardíacos, mientras que el tétanos ingresaba al cuerpo a través de heridas y liberaba toxinas que causaban rigidez muscular extrema. Investigadores como Emil Von Behring demostraron que era posible generar protección utilizando toxoides, lo que marcó un antes y un después en la prevención de estas enfermedades.
La tosferina, conocida como tos convulsiva, afectaba gravemente a los niños pequeños, causando episodios de tos intensa que podían dificultar la respiración. El desarrollo de vacunas permitió reducir de forma significativa los casos graves y las muertes infantiles, convirtiéndola en otra enfermedad prevenible gracias a la ciencia.
La COVID-19, causada por el virus SARS-CoV-2, es un ejemplo claro de cómo surgen nuevas enfermedades y del papel fundamental de la ciencia para enfrentarlas. A finales de 2019, se informó sobre la aparición de un nuevo virus respiratorio en China. En un inicio, muchos pensaron que se trataba de una enfermedad similar a la gripe y que su impacto sería limitado a una región específica. Sin embargo, en pocos meses el virus se propagó rápidamente por Asia, Europa, América Latina y el resto del mundo, hasta ser declarado pandemia por la Organización Mundial de la Salud en 2020.
La expansión del virus transformó la vida cotidiana de millones de personas. Actividades tan simples como salir de casa, asistir a la escuela o reunirse con familiares se vieron interrumpidas. Para la comunidad científica, la COVID-19 representó un enorme desafío: se trataba de un virus nuevo, desconocido, con un alto nivel de contagio y sin tratamientos ni vacunas disponibles en ese momento.
Desde el inicio de la pandemia, científicos de todo el mundo comenzaron a estudiar el virus de manera acelerada pero rigurosa. Mientras se investigaban sus características, su forma de transmisión y sus efectos en el cuerpo humano, millones de personas enfermaron y muchas perdieron la vida. Pero gracias a décadas de investigación previa en virología e inmunología, fue posible desarrollar vacunas contra la COVID-19 en un tiempo récord, sin saltarse los controles científicos necesarios. Los ensayos clínicos demostraron que estas vacunas eran seguras y eficaces para reducir las formas graves de la enfermedad, las hospitalizaciones y las muertes. Como resultado, millones de vidas fueron salvadas.
Aun así, el desarrollo de las vacunas generó dudas y temores en parte de la población. Muchas personas desconfiaban porque nunca antes habían experimentado una pandemia global. Aunque en la historia han existido otras pandemias, como la gripe de 1918, para la mayoría de la población actual la COVID-19 fue la primera experiencia de este tipo. Esta falta de referencias previas facilitó la difusión de desinformación y el fortalecimiento de discursos negacionistas. La experiencia con la COVID-19 demuestra que, frente a enfermedades nuevas y peligrosas, la ciencia no es inmediata ni perfecta, pero sí es la mejor herramienta que tenemos para proteger la vida.
Gracias a décadas de observación, experimentación, ensayo y error, y a la acumulación de evidencias, la humanidad ha desarrollado la ciencia, la medicina y avances como las vacunas. Estas han salvado millones de vidas y han permitido controlar enfermedades que antes causaban grandes epidemias. Cada vacuna es el resultado del esfuerzo colectivo de miles de científicos comprometidos con el bienestar de la humanidad y de la colaboración entre investigadores de distintas partes del mundo.
Cuando disminuye la vacunación, enfermedades que estaban controladas pueden reaparecer, afectando especialmente a niños pequeños, personas mayores y personas con sistemas inmunológicos debilitados. Negar la eficacia de las vacunas no solo frena el avance del conocimiento, sino que pone en peligro logros alcanzados tras décadas de investigación y representa un riesgo real para la salud individual y colectiva.
Los avances científicos no ocurrieron de la noche a la mañana ni en condiciones ideales. Se lograron mediante investigación constante, ensayo y error, y colaboración internacional.
El negacionismo a las vacunas no es un caso aislado. Este mismo patrón de negación de la evidencia científica se repite en otros ámbitos clave de la sociedad. Un ejemplo actual es el rechazo a las energías renovables y a la eficiencia energética, soluciones científicas y tecnológicas diseñadas para enfrentar la crisis climática y energética, pero que también son cuestionadas por discursos negacionistas.
Así como las vacunas entrenan al sistema inmunológico para prevenir enfermedades, las energías renovables y la eficiencia energética preparan a la sociedad para enfrentar crisis energéticas, económicas y ambientales. Tanto en salud como en energía, la ciencia propone soluciones preventivas. Sin embargo, el negacionismo suele aparecer porque los beneficios no siempre son inmediatos o visibles, lo que lleva a algunas personas a desconfiar de soluciones que, a largo plazo, son esenciales.
Las vacunas y las energías renovables pueden parecer temas muy distintos, pero en el fondo enseñan la misma lección: la ciencia existe para ayudarnos a resolver problemas reales. Cuando una enfermedad amenaza la salud de millones de personas, las vacunas son una herramienta clave para prevenirla. De la misma forma, cuando enfrentamos crisis energéticas y ambientales, las energías limpias y la eficiencia energética son soluciones basadas en conocimiento científico.
El problema aparece cuando la desinformación gana más atención que la evidencia. En redes sociales es fácil encontrar opiniones llamativas, videos virales o personas que se presentan como expertos sin serlo. Creer en estos mensajes sin verificar la información puede llevar a decisiones que afectan no solo a una persona, sino a toda la sociedad. Por eso, cuestionar no significa negar, sino buscar fuentes confiables, datos y explicaciones fundamentadas.
Como estudiantes, ustedes no solo consumen información: también pueden aprender a analizarla. Entender cómo funciona una vacuna o por qué las energías renovables son necesarias es parte de formarse como ciudadanos críticos y responsables. La ciencia no pide fe ciega, pide curiosidad, preguntas y pensamiento crítico.
En un mundo lleno de información, el verdadero poder está en saber distinguir entre evidencia y opinión. Apostar por la ciencia es apostar por el conocimiento, la salud, el cuidado del planeta y el futuro que ustedes mismos van a construir.
Bibliografía
- Principia. Vacunas: cuando la evidencia es lo que cuenta. (https://principia.io/2015/06/06/vacunas-cuando-la-evidencia-es-lo-que-cuenta.IjEzMiI/)
- Organización Mundial de la Salud (OMS). Vacunas y vacunación: qué saber.
(https://www.who.int/es/health-topics/vaccines-and-immunization) - Organización Mundial de la Salud (OMS). Diez amenazas a la salud mundial: la reticencia a la vacunación.
(https://www.who.int/es/news-room/spotlight/ten-threats-to-global-health-in-2019) - National Institutes of Health (NIH). Polio: History of Vaccination.
(https://historyofvaccines.org/diseases/polio) - Organización Mundial de la Salud (OMS). Vacunas contra la COVID-19.
(https://www.who.int/es/emergencies/diseases/novel-coronavirus-2019/covid-19-vaccines) - El Economista. Eficiencia y energía renovables, las mejores vacunas ante la emergencia energética (21/09/2022). https://www.eleconomista.es/branded-content/noticias/11951302/09/22/Eficiencia-y-energia-renovables-las-mejores-vacunas-ante-la-emergencia-energetica.html
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